El impacto del modelo de salud convencional en el bienestar de las mujeres

Soledad Muruaga, profesora y codirectora de la Escuela ESEN y presidenta de la Asociación Mujeres para la Salud, publicó el artículo El impacto del modelo de salud convencional en el bienestar de las mujeres en el número 3 de la Revista Con la A, Mujeres, salud y género. Nos parece un tema especialmente importante para analizar el malestar de las mujeres, y por ese motivo hoy hemos decidido republicarlo en nuestro blog. Esperamos que disfrutéis con su lectura.


Desde el modelo biomédico convencional se entiende la salud exclusivamente como ausencia de enfermedad. Esta concepción perjudica el bienestar de las personas, con consecuencias negativas especialmente en el bienestar de las mujeres.

El modelo sanitario convencional es extremadamente biologicista. Considera que la pérdida de salud se debe únicamente a los aspectos biológicos de las personas, sin reconocer el peso fundamental de factores externos como pueden ser los sociales, psicológicos, las diferencias sexuales, ni las desigualdades de género entre hombres y mujeres. Por tanto, ofrece una visión muy sesgada que incide negativamente en el diagnóstico y el tratamiento de la salud y la enfermedad de toda la población y especialmente tiene consecuencias muy negativas para el bienestar y la calidad de vida de las mujeres, en las que resulta necesario contemplar el factor de género.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera caduco este modelo convencional y define la salud como el estado completo de bienestar físico, psicológico, mental y social; y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. Además, declara que la calidad de vida es un concepto muy amplio que está influido de modo complejo por diferentes factores como la salud física de la persona, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales y su relación con los elementos esenciales de su entorno.

Los factores psicosociales de género en la salud

En la actualidad sabemos que las mujeres tienen una mayor esperanza de vida, pero con mayores enfermedades crónicas, acuden más a menudo a la consulta médica, consumen más medicamentos y tienen una peor percepción de su salud que los hombres.

En cambio, ellos viven menos años pero con mejor salud, practican más deporte y duermen más horas que las mujeres, aunque tienen conductas menos saludables: consumen más tabaco, alcohol, drogas y sufren más accidentes y discapacidades por los modelos tradicionales de masculinidad (deportes violentos, conducción agresiva, etc.). Estas diferencias no se explican sólo en función de la biología. Es por tanto necesario analizar los factores psicosociales de género que las sustentan.

La salud de las mujeres

Pero, como estamos exponiendo, en el modelo médico convencional no se tienen suficientemente en cuenta los efectos de la falta de equidad contra las mujeres, tanto en la distribución del trabajo productivo y en el reproductivo, como en el tiempo de ocio y descanso. Las mujeres continúan siguen siendo las cuidadoras principales, lo que les produce una gran sobrecarga física y emocional y, por lo tanto, un impacto negativo en su salud.

Dichos factores psicosociales de género podrían estar en el origen de ciertas enfermedades contemporáneas como la fibromialgia y las migrañas, que afectan a las mujeres en proporciones de 9 a 1, o la artritis que padecen 30 mujeres por cada hombre. También la artrosis, la osteoporosis y el síndrome de fatiga crónica, la ansiedad y la depresión, las padecen tres veces más las mujeres que los hombres. Es necesario por lo tanto investigar la salud de las mujeres desde la perspectiva de género que proponemos en este artículo.

¿Afectan la discriminación y las violencias a la salud de las mujeres?

También es necesario visibilizar que muchos problemas de salud de las mujeres están relacionados con las discriminaciones, abusos y agresiones de todo tipo que sufrimos en una sociedad patriarcal como la nuestra.

Por ejemplo, la violencia machista por parte de parejas y ex-parejas afectivas, las violaciones, los Abusos Sexuales Infantiles (ASI), la prostitución y la pornografía, los abortos clandestinos en malas condiciones o las mutilaciones genitales femeninas (2 millones al año). Problemáticas todas ellas en las que las víctimas son, en aproximadamente un 90%, mujeres, y los agresores son hombres en el 90% de los casos. Sus efectos son de tal gravedad y amplitud en la salud de las mujeres que la OMS los considera una problemática de salud pública.

Una investigación médica androcéntrica

Por otro lado, el tipo de investigación androcéntrica del que se nutre este modelo convencional de salud incide negativamente en el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades de las mujeres. Se hacen ensayos clínicos con muestras únicamente masculinas y los resultados se extrapolan a las mujeres, sin considerar, en este caso, las diferencias biológicas entre ambos sexos, con el consiguiente perjuicio para la salud de ellas.

Un ejemplo paradigmático del mencionado sesgo de género en la medicina convencional lo representan las enfermedades cardiovasculares (infarto de miocardio, cardiopatía isquémica, accidente cerebrovascular, etc.). En España son responsables del 40% de todas las muertes, afectando a un 32% de hombres frente a un 44% de mujeres. Sin embargo, las enfermedades cardiovasculares han sido tradicionalmente presentadas como enfermedades masculinas, lo que ha repercutido negativamente en la toma de conciencia de su gravedad para ellas, tanto entre el personal sanitario como en las propias mujeres.

En realidad, los síntomas de dichas enfermedades son diferentes según el sexo. Mientras en el hombre se presentan con el conocido dolor torácico, en la mujer los primeros indicios de una cardiopatía son fatiga, sensación de ahogo, trastornos gástricos y dolor de espalda o de mandíbula. Son señales que las propias mujeres no sabemos identificar con problemas del corazón, lo que explica los retrasos que se producen desde que la mujer tiene los primeros síntomas hasta que acude al hospital. Cuando se decide a buscar ayuda, se han perdido horas cruciales y la enfermedad se encuentra en una fase muy avanzada, por lo que el riesgo de muerte es mayor.

La hipermedicalización de las mujeres

Otra consecuencia negativa del modelo biomédico es que las mujeres consuman mayor cantidad de psicofármacos con prescripción médica y se automediquen más que los hombres. Entre los 35 y los 54 años, las mujeres consumen, en mayor porcentaje, analgésicos y antipiréticos, seguido por los tranquilizantes y pastillas para dormir (OMS, 2005).

Varios estudios indican el papel discriminatorio que juega el sesgo de género en la mayor prescripción de psicofármacos, debido a la aceptación de estereotipos que consideran a las mujeres más débiles, pasivas, dependientes y con ciertas patologías inespecíficas. Este exceso de medicación utilizado en el modelo biomédico conlleva el riesgo de prescribir psicofármacos para solucionar problemas sociales y provoca numerosos efectos secundarios que agudizan los malestares y rebajan la calidad de vida de las mujeres.

Un ejemplo de esta prescripción de psicofármacos para solucionar problemas sociales lo encontramos en las depresiones. De todas las depresiones que no tienen su causa en un factor biológico, el 70% afectan a las mujeres. Y según la OMS, la carga de la depresión en las mujeres es un 50% mayor. En la Asociación de Mujeres para la Salud, a través de los más de 30 años trabajando con las mujeres que acuden al espacio de salud Entre Nosotras hemos deducido que un factor de inmensa magnitud en estas depresiones no biológicas o exógenas es el género, especialmente cómo nos socializamos y aprendemos a ser mujeres en esta sociedad patriarcal. Sin embargo, el modelo biomédico de salud convencional, en lugar de atacar a la raíz de la depresión considerando estos factores y persiguiendo el empoderamiento de las mujeres para que realmente puedan salir de ella, no hace sino prescribir psicofármacos que quedan lejos de poner fin a su malestar.

Por todo ello, la OMS, y nosotras mismas, instamos a los poderes públicos y a los sistemas de salud de los países a promover modelos de atención a la salud y al bienestar de las mujeres con un enfoque bio-psico-social, que se dirijan a modificar los factores de injusticia de género.

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